Desde siempre, la tarea evangelizadora, y más desde una perspectiva ignaciana, tiene carácter vocacional. Partimos del presupuesto de que Dios llama a cada uno al seguimiento de Jesús y que llama de modo personal a distintos estados de vida y modos de estar en la Iglesia y en el mundo. Esta búsqueda de la vocación personal siempre ha sido, y debe seguir siéndolo (quizá con más intensidad), el eje que atraviese nuestra tarea pastoral.